5/22/2020

La tahona

Me encanta la panadería. No muchos tienen la suerte de levantarse al alba y desayunar al calor del amanecer, de respirar el aire del pueblo cuando todo el mundo sigue dormido. Es un trabajo ideal para mí: trabajo a solas y tranquila, vendo los frutos de mi esfuerzo por la mañana, cierro temprano y disfruto de la vida que me ofrece la soledad. Ser panadera es sacrificado, pero también útil. No me costó mucho ganarme la simpatía de estas gentes. Supongo que es complicado odiar a alguien como yo, a alguien que te alimenta cada mañana.

Además me gusta que nadie haga más preguntas de las necesarias. Llegué a la aldea un caluroso día de verano y compré la vieja panadería con dinero en efectivo. ¿Es extraño? Pues sí, pero a menudo se sobrestima la curiosidad de la gente. Los novatos se disfrazan y preparan excusas, una elaborada mentira para cubrir sus pasos, pero no hace falta nada con eso. Yo tan solo aparecí con un traje de lana italiano y un sobre de billetes, intenciones sinceras y una sonrisa en los labios. ¿Qué pensarían al verme? ¿Que soy una extravagante empresaria, una mujer trofeo y su capricho, un truco más de evasión de impuestos? No me importa, y en realidad a ellos tampoco les importaba. Siempre y cuando no les traiga problemas nunca seré más que un cotilleo entre los vecinos.

Pero de aquello hace ya años, y ahora me encanta mi nueva vida. Las amistades interesadas se desvanecieron muy pronto, en cuanto se dieron cuenta de que la opulencia de los primeros días era tan solo una conveniente fachada. Solo conservo el traje y algunos zapatos caros, pero vendí todo lo demás: los bolsos, los relojes, todos y cada uno de los anillos que cubrían mis dedos. El resto de mujeres del pueblo dejaron de envidiarme y se acercaron, azuzadas por curiosidad o por malicia, pero poco a poco incluyeron en la comunidad. Se habla mucho en la panadería, y mientras yo sirvo dulces y bollería ellas chismorrean a mi alrededor y me cuentan la vida que he perdido. Me invitan a café al terminar mi turno, a barbacoas en verano y a fiestas del té en primavera. Aunque esto último sospecho que es para que les lleve tarta gratis. 

Son mis mejores amigas las que más problemas me traen, las que preguntan con interés genuino sobre mi antigua vida. Es comprensible. Les fascinan mis anécdotas, el ajetreado horario de la urbe, mis caros zapatos de tacón; así que les hablo con nostalgia de mis años en la ciudad y del dinero que ganaba antaño, de mis antiguas amistades y de las vistas del apartamento en el ático. Pero ahora mi vida es esta. Ahora soy panadera, y lo adoro.

Aunque veces lo echo de menos, pienso cada mañana mientras hinco los dedos en la masa. Echo de menos la sangre, los gritos de súplica, la sensación de romperle la nariz a alguien. ¿Sabes cómo es? Es el éxtasis de poder, el dulce néctar del control, una libertad que solo se alcanza a base de promesas vacías y sesgo de los débiles. La satisfacción de ser una herramienta eficaz, una de las mejores sicarias que jamás ha conocido la mafia. El dinero, el amparo, la emoción... a veces lo echo de menos.

Pero sabes, hasta los mejores profesionales deben retirarse cuando les llega el momento. Y hay dos opciones: morir postrado en tu trono o desvanecerse en la normalidad, despojándose de todo aquello que te convierte en una amenaza. Y qué quieres que te diga, en esta vida hay que ser inteligente, y yo tomé la mejor opción. Te preguntarás, ¿mereció la pena entregar mis ojos a cambio de libertad, como garantía de que jamás volvería a ser la de antes? Yo creo que sí. Si te soy sincera, ya he visto todo lo que tenía que ver. Y de verdad, de verdad que adoro ser panadera.



21 - Escribe un relato sobre un personaje que ha cambiado de identidad y que añora su antigua vida.

Al parecer soy incapaz de escribir un relato normalito sin giros perturbadores. En fin. ¡Buenos días a todos! Os entrego el relato número veintiuno de los Retos Literup, esta vez una historia cortita y sencilla que he escrito entre los descansos de estudiar para la universidad... no sé cómo voy a poder seguir este reto en temporada de exámenes, pero bueno, se intentará.

¿Cómo lo vais llevando vosotros? Creo que la situación de la pandemia se va relajando poco a poco, y espero que de verdad todo esto acabe pronto... Tened mucho cuidado, llevad mascarilla y recordad que tenéis que lavaros las manos.

No tengo mucho más que decir, ¡espero que os haya gustado este relato! Nos vemos en el próximo post <3

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5/15/2020

La luna y el mar

Demasiado tarde, demasiado rápida. Pensé que podría esperar un poco más y atacar por la espalda, pero de algún modo ha vuelto a encontrarme. Tuve que salir corriendo en cuanto escuché sus pasos en la lejanía. Ese es su único problema, que camina por el bosque como si no le importara que la escucharan, como si no le hiciera falta ser sigilosa. Joder, cómo la odio. 

Cualquier persona se hubiera agazapado en su escondite confiando en haber escogido un buen sitio, pero así es como acaban con la daga al cuello. Subestiman el sonido de su respiración, de su corazón acelerado, del viento curvándose de maneras extrañas a su alrededor. No sé cómo, pero ella lo siente. Así que cuando la escuché acercarse y detenerse durante un instante supe que ya me había encontrado. Y empecé a correr.

Es rápida pero no demasiado ágil, así que escojo una ruta complicada. Sé que no podrá seguirme el ritmo por un terreno accidentado, o si intento cerrarle el paso tras un obstáculo escarpado... pero eso significa no puedo fallar. Corro intentando no tropezar, usando la inercia para hacer quiebros veloces y así ralentizarla. Me engancho en los árboles y en las zarzas y empiezan a brotar cortes por mi cuerpo, se rasgan mis ropas y mis manos. Casi no la escucho avanzar porque mi respiración entrecortada lo inunda todo, pero sé que está ahí. Sé que me persigue. Y juraría que la escucho reir. ¿Por qué...?

Tengo que frenar de golpe para no caer. No sé cómo no lo he visto, pero el bosque acaba abruptamente en un precipicio con hermosas vistas al mar. De espaldas al atardecer, de espaldas a ella. Me inclino sobre el borde y sopeso la altura, ¿me seguirá si me dejo caer? ¿Podré deslizarme por la pared hasta el suelo y entonces huir? Me haré daño, seguro, pero no creo que sea capaz de seguirme. 

- ¿No estarás pensando en tirarte, verdad? Sabía que eras estúpido, pero no creía que fuera para tanto.

Me giro y la veo ahí, en la linde del bosque, sonriendo mientras el aire se le escapa entre los dientes. Tiene el pelo enmarañado y las ropas tan destrozadas como yo, pero mantiene una postura amenazante. Elegante, fiera, confiada. Tras unos segundos de silencio levanta el bastón y lo apunta en mi dirección.

Tengo que moverme rápido, porque sé que es capaz de tirarme por el precipicio si le doy la oportunidad. Me abalanzo hacia ella con el bastón contra el pecho, pero en el último momento me inclino hacia la izquierda y lo desplazo hacia el costado. Ella lo golpea con firmeza y me hace trastabillar hacia delante. Parece un error, pero al menos ya no estoy de espaldas al precipicio. Desde el suelo deslizo el bastón para asestarle un golpe en los tobillos y escucho un gruñido de dolor. 

Aprovecho para levantarme y le coloco la punta del bastón en el pecho, y así consigo que retroceda lo suficiente como para darme espacio. Los dos sabemos sabemos que es mejor combatir a distancia, así que ambos nos beneficiamos de las nuevas posiciones. Los bastones chocan y se deslizan sobre sí mismos, generando un sonido hueco que se dispersa en el aire. Su estilo de combate es más agresivo y fiero, buscando siempre golpear en el cuerpo, mientras que yo tiendo a hacer bloqueos y estocadas para mantenerme a una distancia segura. Pero ella no parece tener ganas de alargar el combate mucho tiempo. Hace un barrido amplio a la altura de mi cabeza, así que me agacho para evitarlo en el momento exacto en el que me propina una patada en la nariz.

Intento recuperar la postura, pero entonces desliza el bastón hacia dentro y lo golpea con fuerza contra mi muñeca. La escucho crujir y un dolor intenso me recorre el brazo, y no me queda más remedio que soltar arma. Intento pensar, pero el dolor me nubla la mente, ¿podré alcanzar de nuevo el bastón? ¿blandirlo con una sola mano? Estoy de espaldas al precipicio, así que debería rodar hacia el lateral para volver a colocarme en una posición ventajosa, y entonces atacar cuerpo a cuerpo...

Pero entonces ella me embiste y caemos los dos al suelo, a tan solo unos centímetros de precipicio. Grito de terror, pero ella tan solo se ríe entusiasmada. Deja caer todo su peso en mi pecho y presiona el bastón contra mi cuello, cortando mi respiración e inmovilizándome por completo. De pronto todo vuelve a ser silencio. 

- Gané. 
- Has tenido suerte - replico, intentando no perder el poco aliento que aún conservo -. Si no hubiéramos encontrado este precipicio no hubieras podido seguirme. 
- ¿Suerte? - Umeko ríe mientras me retira el bastón del cuello -. He sido yo quien te he traído hasta aquí. Vi que el bosque se cortaba a esta altura y te perseguí en esta dirección, porque sabía que te ibas a acobardar al ver la caída. Eres precedible, Yukio. Y estúpido. 

Se incorpora y me deja libre al fin, usando el bastón para mantener el equilibrio. Está cansada y se le nota, pero le brillan los ojos de victoria, y lo peor de todo es que aún parece tener fuerzas para lanzarme reproches de camino a la aldea. Yukio, en este árbol casi te enganchas, ten más cuidado. Podrías haberte escondido con el viento a favor. La próxima vez no salgas corriendo como un cobarde, Yukio, la próxima vez dá la cara y sal a combatir como lo haría un guerrero de verdad. Como lo haría yo. Mientras camino en silencio a su lado, a duras penas mordiéndome la lengua, pienso en que probablemente no se vaya a callar nunca. ¿Y la voy a tener que aguantar toda mi vida? Joder. Cómo la odio.




20-Haz una historia que contenga una lucha con unos bō.

¡El reto número 20 ya está aquí! Y me parecen pocos, la verdad, es como si hubiera empezado ayer mismo. Tengo muchas ganas de llegar al ecuador del reto, pero parece que falta muuucho para eso...

Esta vez se pedía una escena de acción usando un arma poco convencional, un bō o bastón de combate. He decidido hacer algo sencillo y espolvorear un poquito de tensión o química entre los personajes... nunca he escrito un rivals to lovers y este relato ha hecho que me entren ganas. Hay algo muy embriagador en ver a dos personajes que se odian tener que soportarse el uno al otro, y que poco a poco vayan aclarando sus sentimientos.

En fin, ¿qué os ha parecido este relato? Estoy recibiendo muchas menos visitas, así que no sé si es que estoy bajando el nivel, que las circunstancias actuales no nos dejan tiempo para leer, o una combinación de ambas. Creo que es lo último. Este reto me está ayudando mucho a mejorar mi disciplina y a escribir incluso cuando no estoy inspirada; pero creo que entre la pandemia, la universidad y la presión para sacar un relato nuevo cada semana está mermando mi creatividad. 

En fin, ¡intentaré no rendirme! Espero que las cosas vayan a mejor para todos. ¡Hasta el próximo relato!

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5/08/2020

Girasoles

La casa de Mercedes era la última de la calle, la que estaba alzada contra la pared de la montaña. Siempre me pareció que aquello, más que una casa, era un amasijo de tablones y cortinas estampado contra la ladera y que a duras penas se mantenía en pie. Era tan pequeña que ni siquiera tenía habitaciones, así que el salón era tan solo el espacio que había entre la cama y la pequeña cocina de gas. Pero a pesar de todo Mercedes siempre conseguía que aquello pareciera un hogar. Era una excelente anfitriona.

Todos los niños del pueblo conocían a Mercedes, pero no muchos se atrevían a pasar por su casa. Por aquel entonces ella aún era joven (con arrugas en las manos, el pelo canoso y manchas del sol en la piel, pero joven de todas formas), pero ya se había ganado fama de vieja bruja. En aquella época una mujer soltera no era de fiar, y poco a poco la comidilla del pueblo empezó a convertirse en burla, luego en desprecio, finalmente en espanto. Mercedes no solo era soltera, sino que también era feliz así. Eso les aterrorizaba.

Pero mi madre nunca me advirtió sobre Mercedes, al contrario, me instaba a ir a visitarla a menudo. Todo prejuicio que pudo haberse formado en mí se desvaneció en cuanto me abrió la puerta y, sin conocerme en absoluto, me invitó a pasar y me ofreció galletas de canela. Tenía la sonrisa torcida y los dientes inclinados hacia dentro, la nariz fina y aguileña, las ropas manchadas de harina. Casi nunca estaba sola, y con el tiempo llegué a trabar amistad con los niños que también visitaban a Mercedes. En invierno nos dábamos calor unos a otros, cubiertos por una manta de gruesa lana; y en verano nos refugiábamos bajo su sombra y compartíamos risas y rodajas de sandía. Mercedes sonreía y cocinaba, nos pedía ayuda para alcanzar trastos o barrer el suelo, y cuando era hora de volver a casa nos despedía con un beso en la mejilla y un bocata de chacina.

Pero eso no ocurría siempre. Al principio no me di cuenta, pero algunos niños dormían en la casa de Mercedes. Lo supe la noche en la que me harté del olor a vómito y alcohol, de los moratones en las muñecas; y cuando me vi en la calle lleno de rabia no se me ocurrió otro sitio al que acudir. Ella estaba allí, aún despierta, y algunos de los niños que había visto al mediodía dormían acurrucados en su cama. Me ofreció leche y una manta, un hombro sobre el que llorar, un confidente para escuchar mis palabras dolientes, hablando a baja voz para no despertar a los niños. Los dos dormimos en el suelo. Aquella no fue la última noche que pasé en su casa, y todas las veces había niños durmiendo en su cama. No siempre eran los mismos.

Con los años cada vez la visitaba menos. Mi padre se fue, y durante un tiempo mi madre tuvo que luchar para mantenerse a flote en el pueblo. Yo también empecé a trabajar, así que tuve pocas oportunidades de volver a casa de Mercedes, de regresar a esos días tranquilos de rodajas de sandía y galletas de canela. Tan solo me pasaba a saludar y ahí estaba, como siempre, rodeada de niños que no eran suyos y con el delantal raído y amarillento. Cada vez más mayor y más gastada, pero con la misma sonrisa de antaño.

Nos marchamos a la ciudad poco después, con una breve despedida y una cesta de perrunillas en el asiento de atrás, así que no sé cómo pasó sus últimos días. Me contaron que murió en el ambulatorio del valle, aquejada de dolores y sin fuerzas para poder hablar. Murió sola y la enterraron sola, derribaron su casa maltrecha para ampliar la que estaba a su lado, y así sin más en unos meses Mercedes ya no estaba con nosotros. Sus niños crecieron y también marcharon, dejando en su memoria un recuerdo lejano de la hospitalidad de aquella mujer. A veces me acuerdo de ella, durante las tardes de verano en las que mis hijos juegan y comen helado, y entonces pienso en la fortuna que tuve de conocerla, de tenerla ahí para cuidar de mí cuando el resto del mundo no pudo hacerse cargo. Pienso en todas las noches en las que durmió en el suelo con el estómago vacío y una sonrisa amable en el rostro.

Una vez le pregunté por qué hacía todo aquello. Era una noche de invierno y los niños dormían, compartíamos almendras y licor de bellotas a la tenue luz de una única bombilla. La curiosidad pudo conmigo. Mercedes se retorció en la manta y señaló una caja del altillo, y sin mediar palabra la alcancé y la deposité en el suelo entre ambos. Ella la abrió con las manos temblorosas, y entre los cachivaches y chucherías sacó una pequeña fotografía que retrataba a dos mujeres. A ella se la reconocía fácilmente, misma nariz y misma sonrisa, como una versión más joven y lozana de Mercedes. Y aún más feliz si cabe. A su lado otra mujer, de pelo corto y hombros anchos, que la abrazaba y la besaba en la mejilla pero muy, muy cerca de los labios. En aquel momento no supe que responder, así que Mercedes recuperó la fotografía y la sostuvo unos instantes. Sonreía débilmente, con un rastro de dolor viejo en la mirada.

«Ay, hijo mío» susurró, con la voz quebrada de nostalgia. «Porque es lo que ella hubiera querido.»



19-Trabaja el trasfondo de tus personajes para explicar por qué tu protagonista es un buen samaritano que daría su vida por los demás.

Madre de dios, no sabéis lo mucho que me ha costado este reto. Estoy acostumbrada a crear trasfondos para personajes de rol, o para historias mucho más largas... Nunca para un relato corto. Además quería ponerme mucho más ambiciosa e ir mostrando poco a poco el pasado del personaje y crear un trasfondo más completo, pero no me ha dado para más.

Tenía una idea completamente distinta para este relato, pero literalmente ayer decidí que no me gustaba y me puse a escribir esto. Es más realista y un poco más sencillo de escribir... y es que llevo unas semanas con un bloqueo de escritor que no me lo puedo quitar de encima. Estoy algo desanimada, pero en fin, hay que seguir trabajando.

¿Qué os parece a vosotros? ¿Creeis que he cumplido bien el tema? Creo que tiene muchísimo más potencial y no lo he aprovechado del todo, pero bueno, en estos tiempos es complicado hacer algo más.

Un saludo a todos, y hasta la próxima.

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P.D: No me preguntéis por qué el título de este relato es Girasoles. Creo que es algo subconsciente debido a Los girasoles ciegos de Alberto Méndez. No tengo otra explicación. 

4/30/2020

Los amos del campo

Los días sin nubes son repugnantes, por mucho que los terratenientes se deleiten con ellos. Sus mujeres se pasean por las fincas con parasoles de encaje y caros zapatos, recogiéndose con remilgo el dobladillo del vestido; sus hijos se bañan en el río y juegan a la sombra que regalan los árboles. Y ellos, "los dueños", se sirven cerveza y fruta fresca, conversan y aguardan a la caída de la noche. Tienen el descaro de llamarlo buen tiempo mientras se ocultan bajo sombras privadas, mientras alivian el calor con bebidas y abanicos. Digan lo que digan, los días sin nubes son repugnantes.

Y hoy era un día de esos, de sol incansable y sudor pegajoso brotando desde cada poro de mi cuerpo. Sin viento, al menos, el polvo no se mete en los ojos, pero de poco sirve cuando cada jornada se te hace eterna y despiadada. En días como estos tierra es lo único que me consuela. Labrar el suelo seco, desmenuzar cada terrón y raíz muerta, las suaves espigas del trigo arañándome la piel. Ellas, las mujeres de los terratenientes, se cubren las manos con guantes de seda y se liman las uñas en delicados patrones, pero las mías están cubiertas de callos y heridas que nunca cicatrizan del todo. Y no negaré que sus manos son hermosas, tan sutiles y tan finas, pero las mías... Mis manos guardan una belleza distinta, como cruda e inherente. Mis manos demuestran vida.

Pero me avergüenza decir que siempre fui demasiado complaciente. Falso orgullo, honor corrupto o simplemente miedo, pero demasiadas son las veces en las que agaché la cabeza, azuzada por los gritos de los terratenientes. Me creía rebelde y victoriosa, criticando a baja voz y riendo las bromas de mis compañeros; me escudé en el amor al trabajo y en la honra del obrero. Me daba fuerzas sin saberlo, como quien se ahoga en el mar y recibe en cada sátira una bocanada de aire.

Es el amor a la tierra lo que hace que hierva por dentro. Poco a poco su desprecio calaba más hondo, se filtraba por las grietas de mi piel endurecida. Eran sus gestos, sus miradas, su innecesaria altanería. Se sacuden con indiferencia el barro que tanto se aferran por controlar, que aún reclaman como suyo. Nos despojan nuestro sudor y nuestro esfuerzo, le arrebatan a la huerta su fruto y lo acumulan con gula, dejando que se pudra en cajones de madera. Nos lo quitan de las manos y nos lo niegan, alegando pobreza. Alegando que no es nuestro.

Se equivocan, pues nosotros somos los amos del campo. Nosotros nutrimos la arena y la hacemos fértil, la amamantamos y cuidamos para que ella, benévola, nos devuelva la vida que nosotros le entregamos. Nos sustenta para seguir sirviéndola, como un señor a su vasallo; así es que yo no sigo más autoridad que la suya, más ley que la ley que impone su presencia. Ella me enseñó a ser paciente y fiel, a cuidar de los míos sin esperar nada a cambio, pero también a no doblegarme ante dueños falsos. Ella me habla y yo la escucho, con las manos hundidas en el suelo yermo.

Toda revolución comienza con un sacrificio. El mío es mi vida, pues dudo que me traten con clemencia cuando los guardias me encuentren. Sé que me están buscando. Escucho a los perros aullando a lo lejos, y todos conocen el castigo por deslealtad al terrateniente. Mi vida será un ejemplo, un mártir, la chispa que prende la mecha de las revueltas; y aunque la historia borre mi nombre sé que mi pueblo no olvida los actos.

Su sacrificio es la muerte. Ella se deja morir, se entrega sumisa y silenciosa, la tragedia que levanta el corazón de la guerra. Se ofrece valerosa a perder su entereza, agoniza bajo los pies de aquellos que la amaron, se hunde en las cenizas que conllevan su olvido. Yo soy quien le inflige ese dolor, pero la tierra es justa y compasiva. Lo hago por el bien de nuestra unión, y ella lo entiende. Ella misma lo ha pedido.

A lo lejos, en el horizonte, veo el fulgor rojizo del incendio. Las llamas se extienden, bailan alrededor de la casa del terrateniente, consumen el campo que siempre fue nuestro. Duele, pero no le importa. La tierra me perdona. La tierra no puede morir.




18-Escribe un relato en el que la tierra sea un elemento muy relevante de la historia.

¡Tachán tachán, el reto número dieciocho! ¿Qué os ha parecido? En comparación al de la semana pasada creo que es algo más interesante, pero quiero saber vuestra opinión. ¿Os parece demasiado recargado? Ya sabéis que le tengo gusto a estos relatos dramáticos.

Sabéis, para este reto tenía pensado un relato completamente distinto, pero cuando lo estaba empezando iba ya por las mil palabras y pensé "vaya, creo que esta historia da para más", ¡así que voy a hacer un relato largo! Le he cogido cariño y creo que puede quedar algo muy chulo, con que permaneced atentos al blog que a lo mejor prontito os aparece un relato algo más largo.

En fin, hasta aquí por hoy, que tengo que empezar una partida de rol.

¡Cuidaos mucho y hasta la próxima!

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4/23/2020

Condicional

Tengo dos hijas: Zuria y Amaia. La menor tiene tan solo diez años, y la mayor, Amaia, casi quince. Y está mal que yo lo diga, pero es que son las niñas perfectas. Zuri es mi pequeña artista, mi ojito derecho; yo diría que ha salido a su padre. Tiene los ojos verdes y el pelo castaño, muy rizado, pero nunca llora cuando se lo intento desenredar. Le gusta dibujar, jugar al fútbol, los delfines y el color azul, pero no el azul marino ni el añil. Tiene una curiosidad insaciable y una energía infinita, como un remolino que solo se calma a la hora de la siesta... o cuando echan Pokémon por la tele.

Y Amaia es la persona más lista que conozco. Al principio cuesta un poco verlo, porque es muy callada y algo tímida. Siempre parece que anda distraída, con la mirada perdida entre las baldosas de la calle, como si su cabeza estuviera llena de pájaros que nunca dejan de mover las alas. Pero siempre lo observa todo, escucha atentamente, y cuando le prestas atención te habla con un entusiasmo desmedido y contagioso. Me narra las historias que ha leído o las que ella misma se inventa, me explica la letra de sus canciones favoritas, comenta las noticias del día y los eventos recientes con una perspicacia abrumadora. Y es tan buena. Una pequeña justiciera, siempre protegiendo a su hermana o a cualquiera que vea en problemas. Se lo merece todo. Se lo perdono todo. 

Por eso, cuando llegó aquella noche con las manos ensangrentadas y la mirada vacía no fui capaz de enfadarme. Me preocupé por ella, por supuesto. ¿Qué pasaría si la pillaban? ¿Me la arrebatarían? ¿Se llevarían a mi niña? No podía permitirlo. Además, ella estaba ilesa. Decía una y otra vez que no le habían hecho daño, que todo había terminado bien. Fue directa a lavarse, dejó su ropa sucia en el suelo del baño y se fue a dormir; no sin antes darnos un beso a mí y a su hermana, que ya llevaba varias horas acostada. Y se quedó dormida, así sin más. Como un pequeño angelito con la cabeza hundida en la almohada, la luz de la luna brillando en su pelo.

Por supuesto que la encubrí. Le lavé la ropa esa misma noche, me deshice de todo lo que llevaba en su mochila -solo sé que pesaba, que sangraba, y no quise saber nada más-, y cuando la policía vino a interrogarnos yo dije que Amaia no había salido de casa. Ella lo corroboraba con una frialdad y precisión aterradoras. Siempre se le había dado bien inventar historias, pero esto... Amaia estaba jugando con fuego, pero como si ella misma hubiera prendido la mecha. Tenía tanto control, tanta fuerza, que pensé que lo mejor era no involucrarme. Ella misma lo dijo: "Cuanto menos sepas, mejor". Mi niña. Siempre intentando protegerme.

Ocurrió unas cuantas veces más, pero la policía no volvió a aparecer por casa. Solo me enteraba de las muertes por los telediarios, por el tintineo que hacían las llaves de Amaia cuando llegaba de madrugada. Jamás le pregunté, jamás se lo contó a su padre, y jamás pensé que llegaría a más. Rezaba cada noche para que fuera la última y durante unos meses llegué a pensar que así sería. Amaia sonreía de nuevo, pasaba las noches leyendo en casa y jugando con su hermana, y yo empecé a creer que todo había acabado. 

Pero una noche Amaia llamó a mi cuarto. Su padre trabajaba hasta la mañana, así que estábamos las tres solas y yo aún permanecía despierta. Pensé que venía porque no podía dormir, o porque se había quedado con hambre, o porque necesitaba cartulinas para el colegio... pero no fue así. Amaia entró con gesto solemne y, sin mediar palabra, arrojó un cuchillo a los pies de la cama.

Me dijo que vendrían a por Zuria. Que ella podría cuidarse sola, pero que Zuri no. Que no teníamos mucho tiempo, y que esta era la única oportunidad que teníamos para ser felices. Repitió eso muchas veces, arrodillada a mi lado mientras yo intentaba contener las lágrimas: que después de esto ya podríamos estar juntas, que nadie nunca nos haría daño, que podríamos ser felices de verdad. Yo la creí, por supuesto, ¿cómo no iba a creerla? Sus ojos estaban llenos de compasión y ternura, pero sin una pizca de pánico. Me explicó a dónde tenía que ir, qué tenía que hacer, y me guió paso a paso por el proceso. Es tan inteligente, tan metódica. Casi diría que ha salido a mí. 

El amor de una madre es un amor violento, incansable; incondicional. Un amor que lo puede todo, que lo logra todo, y que saca lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Que te otorga fuerzas cuando todo te falta, frialdad cuando el mundo entero se desvanece entre las llamas. Así que sí, lo hice. Yo lo asesiné. Y lo siento mucho, de verdad. No me puedo imaginar el dolor de perder a tu hijo, pero tú seguro que puedes entender mis motivos. Y es que ya sabes lo que dicen, ¿verdad? Toda madre mataría por sus hijas.



17-Esta semana es el Día de la Madre. Haz una historia que hable sobre el amor maternal llevado al extremo. ¿Hasta dónde es capaz de llegar una madre por salvar a sus hijos?

A ver, sí, este relato pretendía ir por lo bonito que es el amor de madre... ¿pero a vosotros no os da mal rollo cómo lo propone el reto? "Amor maternal llevado al extremo" a mí me sugiere cosas perturbadoras.

La verdad es que no sabía muy bien sobre qué escribir, así que este relato lo he empezado completamente a ciegas. Es decir, la idea era crear los personajes y ver poco a poco a ver hacia donde iba la historia. Es un método un poco vago para escribir, pero creo que no ha quedado mal del todo. ¿A vosotros qué os parece? A mi me da la impresión de que le falta chicha (sobre todo me he quedado con ganas de describir los asesinatos...), pero estoy conforme con él.

En fin, ¿cómo llevais la cuarentena? Hoy es el día del libro, ¿vais a hacer algo especial? Yo echo de menos las ferias del libro... pero menos mal que estoy acostumbrada a leer en ebook. Así nunca me quedo sin lectura.

¡Un saludo y hasta el próximo reto!

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4/15/2020

"...even death may die."

La primera ventisca del año había llegado fuerte y sin avisar, cubriendo la ciudad con un manto blanco y brillante que poco a poco se enturbiaba bajo el tránsito de los coches. Era como si un viejo conocido de pronto se presentara en la ciudad, alguien a quien nadie desea recibir pero al que debes invitar a un café de todas formas. Cerrar los ojos, pasar la tarde, perder el tiempo y despedirlo antes de que ponga el sol. Matthew se sentía así con las tormentas de nieve, como un anfitrión forzado a soportar su visita y a conformarse con sus besos fríos azotándole las mejillas. Caminaba por la ciudad hundiendo sus botas en la nieve, con el dobladillo de la gabardina empapándose lentamente. Inconveniente. Esa era la palabra que estaba buscando.

Llegó a la estación veinte minutos antes de la hora de salida, pero casi tres horas antes de que su tren fuera a salir en realidad. Retrasos por la nieve, cómo no. Un empleado le explicó que se había formado hielo en las vías y que tardarían un tiempo en retirarlo. Era mejor esperar a que escampara. Al menos, pensó Matthew, podría esperar dentro de la terminal. Dar una vuelta, comprar algún detalle... e incluso picar algo. Le habían hablado bien de un restaurante de marisco de la estación, pero acabó conformándose con unos dulces de la pastelería de la esquina. Buscó un sitio donde sentarse mientras le arrancaba pequeños pedazos a un bizcocho de limón.

Al final decidió esperar en el vestíbulo principal, escogiendo un asiento orientado hacia el enorme reloj central. Observó durante unos minutos el ir y venir de la gente, el ajetreo, la extrañeza del momento. Un lugar como aquel estaba diseñado para el tránsito, para que nadie pasara más de media hora vagando por la estación, pero la nieve había perturbado el orden natural de las cosas. Así, mientras que lo habitual era ver rostros apresurados y abrigos que se olvidan, el vestíbulo empezaba a llenarse poco a poco con gente aletargada y semblantes hastiados. Todos reunidos bajo el mismo techo azul turquesa, todos con la mirada fija en el reloj. Aún quedaban horas.

- ¿Drácula? ¿Es que no tenías dinero para comprarte algo mejor?

Matthew se sobresaltó cuando una voz cascada apareció de pronto frente a él. Pertenecía a un hombre de tez oscura y pelo canoso que vestía un traje de tweed gastado y una bufanda verde descolorida.

- ¿Qué? Ah, esto - Matthew estiró el brazo para alcanzar el libro que sobresalía de su maletín -. Es mi favorito. Me gusta llevarlo conmigo para releerlo, por si me aburro en el tren.
- Bah, yo nunca lo he leído. No me interesan las novelas sensacionalistas.

El hombre tomó asiento a su lado y sacó una caja de papel de fumar y una lata de tabaco. Empezó a liar el cigarro casi sin mirar, mientras observaba distraído el reloj y los detalles del techo. Cuando lo terminó se lo tendió a Matthew.

- Gracias, pero no fumo.
- Bien hecho, chaval - asintió satisfecho mientras se llevaba el cigarro a los labios -. Esto te deja los pulmones hechos una porquería, pero lo peor es que luego ni siquiera puedes cumplir con la señora. Ya me entiendes. ¿Te molesta que fume a tu lado?
- Uh, no, para nada. Puede estar tranquilo.

El hombre prendió el cigarrillo y exhaló el humo, viendo cómo las volutas ascendían y se dispersaban en el aire.

- Pues lo que te decía, ¿Drácula no es una novela de fantasía? Esas cosas son para mujeres. 
- En absoluto - Matthew titubeó, pero finalmente se atrevió a mirar a la cara a aquel hombre -. Es cierto que incluye vampiros, pero la novela tiene muchísima profundidad filosófica. Presenta nuevas perspectivas sobre la condición humana, sobre la muerte y sobre las tentaciones de la carne. Es un placer releerlo y reflexionar sobre pasajes que pasaron desapercibidos la primera vez.

Se detuvo cuando se dio cuenta de que el hombre lo miraba con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. 

- Disculpe, creo que me he emocionado...
- Bah, no te preocupes. Es un placer escuchar a un joven hablar de algo que no sea deporte. Empezaba a pensar que ya no quedaba esperanza para la nueva generación.

El hombre continuó fumando en silencio mientras Matthew intentaba ahogar el tiempo. Miraba a todas partes para ignorar al anciano: las constelaciones dibujadas en el techo, los altos ventanales, la gente que paseaba por los balcones... Pero la presencia de ese hombre no se podía obviar. Intimidante y pesada, una mezcla entre abuelo entrañable y mendigo demente. Era como si absorbiera toda el alma de la estación.

- Entonces, chico... - habló de pronto, con una voz grave y profunda que ensombrecía el ruido a su alrededor -. ¿Te interesa la condición humana? ¿Los horrores que oculta su naturaleza? 

Matthew tensó las manos para desatar el nudo que le atenazaba la garganta. Notaba su corazón latir con fuerza, desbocado sin motivo. Aquel hombre le infundía algo que desconocía, una intimidad que solo se hallaba en las partidas de ajedrez y en debates a la luz de las velas. Quería hablar, pero simplemente asintió con los labios entreabiertos.

- Te propongo un intercambio. Tú me das tu libro de vampiros y yo te entrego otro a cambio - dijo, mientras le daba un toque a su maletín -. Creo que te gustará, y a mí me han dado ganas de comprobar si Drácula es tan interesante como cuentas.
- Yo... - Matthew tartamudeó mientras miraba la portada de su libro, acariciando suavemente el borde de las páginas. La curiosidad le carcomía, le hacía arder el pecho -. Trato hecho. Espero que le guste.

Entregó el libro, depositándolo con suavidad en el espacio entre asientos que quedaba entre ambos. El hombre sonrió satisfecho, tomó el libro y se incorporó mientras rebuscaba en su maletín.

- Chaval, mi viaje no puede esperar más, pero ha sido un placer conversar contigo - sacó del maletín un libro de aspecto antiguo, envuelto parcialmente en un paño de seda verde y brillante, y se lo entregó -. Que lo disfrutes.

El hombre desapareció entonces entre la multitud sin que Matthew llegara nunca a poder preguntarle su nombre. Se quedó solo de nuevo, rodeado de desconocidos y con la vista fija en el reloj. Quedaba casi una hora para la salida de su tren, pero decidió que era momento de estirar las piernas. Terminó el bizcocho de limón, se sacudió las migas y entonces tomó el libro de su regazo. Quería haber esperado a acomodarse en el vagón, pero la curiosidad le azuzaba, impaciente. Antes de guardar el libro deslizó el paño de seda verde, dejando al descubierto una cubierta de piel vieja y unas letras talladas en oro que revelaban el título. No lo había escuchado nunca. Necronomicón.



16-Escribe un relato en el que haya un intercambio de libros.

¡Relato número 16 de los retos! Nos estamos acercando ya a completar un tercio del reto, ¿cómo lo llevais vosotros? Yo estoy convencida de que voy una semana por delante, porque es obvio que este tema está pensado para el día del libro...

Igualmente, no sabía muy bien qué hacer con este tema. Tenía una idea con una bruja y un libro de hechizos, pero se me olvidó. Gente, ¡apuntad siempre vuestras ideas, que no os pase como a mí! Al final decidí seguir un poco con la línea del ocultismo y hacer que uno de los libros del intercambio fuera el Necronomicón. Si no sabéis lo que es, es un grimorio de magia ficticio que creó Lovecraft, y se dice que todos los que lo leen acaban perdiendo el juicio... Pobre Matthew. La otra parte del intercambio es Drácula de Bram Stoker, que uno de mis libros favoritos.

En fin, ¿tenéis una lectura lista para el próximo 23 de Abril? Si no la tenéis os recomiendo Drácula (de verdad, es todo un clásico del terror) y, si os gusta la fantasía, un vistacillo al increíble trabajo de Brandon Sanderson, como El Archivo de las Tormentas. Ay, yo tengo tantas cosas que leer...

¡Un saludo y hasta la semana que viene!

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.

4/10/2020

Treinta y dos

Plié, relevé. Plié, sauté. Pasos sencillos que ejecuta antes de que la música empiece a sonar. Está calentando. Durante unos instantes mantiene la mano izquierda apoyada en la barra, pero rápidamente alza los brazos. Primera posición, segunda, cuarta. Inspira hondo y su torso se eleva suavemente. Inmóvil. Expectante.

La música comienza y empieza a moverse como una estatua que de pronto hubiera cobrado vida. Adagio, principio, pasos lentos y posiciones sostenidas. Se está luciendo, exhibe el control que tiene sobre cada músculo de su cuerpo. El pelo recogido y la ropa ajustada, maquillaje austero y rostro hierático: nada importa más que su danza. Por eso es así. Por eso baila tan despacio.

Las notas de piano aceleran y el grand allegro comienza. Sissone, glissade, entrelacé. Salta y se adueña de toda la habitación, de cada reflejo que retratan los espejos, de cada golpe sordo sobre el parqué. La emoción le inunda y alimenta sus pasos, le arranca una sonrisa de los finos labios. A su alrededor se descubren ojos de asombro y susurros de envidia, pero solo le importa una mirada: la que observa en silencio y alza las cejas, la que desliza el lápiz sobre el papel. ¿Qué ve en esa mirada? Parece inquieta y vibrante, como si esperara algo. Como si fuera insaciable.

Se detiene. Un instante que parece eterno, la anticipación que despiertan sus gestos, y aunque parece haber terminado la música se enfurece. Los pies planos contra el suelo, los brazos extendidos. Exhala, y entonces gira.

Fouetté en tournant. Como si el viento meciera sus pasos, como si un lazo enroscado le hiciera virar, como si la inercia no dependiera de su propio cuerpo. Todo el salón contiene el aliento. Uno, dos, tres. Cinco, siete, diez. Contiene el orgullo y se deja llevar, ignorando el control que le impone la música, dejando que esta muera mientras aún baila. Sabe cual es el número que busca. Doce, quince, diecisiete, veintitrés. No es suficiente, aún no. Solo cuando alcanza los treinta y dos fouettés clava las puntas de nuevo en el suelo, los brazos alzados, la sala en silencio. El corazón acelerado. 

El mundo a su alrededor se detiene y entonces sonríe con antelación, pero no escucha los aplausos. El silencio se mantiene y las miradas se congelan, algunas con horror y otras con pena, pero ninguna compasiva. Un aire helado le paraliza los músculos mientras baja la cabeza, y entonces lo entiende.

Se ha desplazado. Sus pies, que al principio estaban en el mismo centro de la sala, ahora se encontraban un palmo más a la izquierda. Ha perdido el control. Otra vez.

Corre a la puerta y suplica, reinicia la música, grita para rogar atención mientras se sacude las lágrimas del rostro. Pero el director ya se había marchado. No había nada más que pudiéramos hacer.



15-Haz que tu relato termine con “No había nada más que pudiéramos hacer”.

A ver, lo admito, he escrito un relato bastante rarito para este reto. Y con este tema se me ocurrían un montón de ideas, la mayoría de terror o policiacas, pero... no sé por qué, he querido hacer esto. Ni siquiera sé nada sobre el ballet. Pero al leer la última frase se me venía un sentimiento amargo y frío de desesperación, y creo que quería centrarme en esa sensación en vez de crear una historia.

También creo que es la primera vez que subo aquí un relato más experimental y menos narrativo. Disfruto mucho escribiendo de esta forma tan dramática, pero creo que no es para todos los gustos. ¿Preferís mi forma habitual de contar historias? Normalmente reservo este estilo para momentos emotivos o escenas muy concretas porque creo que es demasiado empalagoso, pero a lo mejor estoy siendo demasiado crítica conmigo misma.

En fin, ¿habéis notado que lo he escrito en género neutro? Hacia mitad del relato me di cuenta de que,  de forma insconciente, no le había dado género a nuestro protagonista, así que decidí seguir con ello. Ha sido interesante, ya que al estar en tercera persona he tenido que evitar todos los pronombres.

Bueno, es tarde y estoy algo cansada, así que me despido aquí. Hasta la próxima.

Si quieres saber qué es el Reto Literup, haz click en este enlace.